
Una vez una persona me dijo "Los amigos del colegio, son tus amigos para toda la vida" y creo que no se equivocó. Las amistades que hice en aquel tiempo, después de todos estos años, aun las conservo (y eso que no es poquito tiempo), después de mas de una década, esas personas siguen siendo tan importantes como en aquellos años. Juntos compartimos muy buenos momentos, aprendimos a crecer no tan solo como estudiantes en un ritmo realmente exigente, sino que también nos ayudamos a crecer como personas. Cada experiencia adquirida junto a mis camaradas, fue formándonos hasta convertirnos en las personas que ahora somos.
Como olvidar los sufrimientos que nos causaron algunos ramos, como por ejemplo esas malditas matemáticas (las cuales aun odio) y esas pruebas de hasta seis formatos distintos para asegurarse que los lindos no copiarán (aunque gracias a la astucia del chileno y la mano amiga de la tecnología muchas veces, supimos sortear muchas con éxito)

Nuestros primeros acercamientos al sexo femenino, ya mucho más en serio. Esos paseos de media mañana o a la salida del colegio a los liceos de niñas, a veces con una guitarra para darles una serenata desde la calle a balcón a las niñas que nos gustaban. O más de alguna escaramuza con los liceos rivales para defender el territorio ganado y a alguna incipiente enamorada que podía caer en manos enemigas (mas de un ojo morado me gane). Y luego de defender el honor, invitabas a la dama a tomarse un helado a la plaza o la encaminabas a su casa.
Para algunos sus primeros amores de colegio se volvieron el amor de su vida, aprovecharé para desearle lo mejor a mi amigo Francisco, que me comunico la feliz noticia de que va a casarse a fin de año con su novia de toda la vida y que justamente conoció en nuestra época escolar.
Esas pichangas en el patio central en el recreo, donde existían partidos de cómo dos mil por lado, en donde además de tratar de pasarte al jugador rival, debías esquivar a los de los otros partidos que se jugaban simultáneamente y batir a los tres arqueros que se ponían en el arco (todos de partidos distintos, pero que de mala onda a veces te atajaban la pelota).
Los Sábados, esos malditos Sábados de preuniversitario obligatorio en donde había que cubrirse unos con otros para que los profesores no se dieran cuenta de que habíamos estado chupando toda la noche como enajenados y que nos habíamos bañado y partido inmediatamente a clases.
Esos días en que simplemente no entrábamos a clases o decidíamos escaparnos antes, r al supermercado y comprar cosas para comer y luego tirarnos en el pasto del parque San Borja y conversar sobre lo que se nos ocurriera tratando de mejorar el mundo a punta de planes maestros e ilusiones.

Miles de recuerdos y tan pocas palabras para describir las emociones de aquellos días y hacer justicia a lo vivido. Crecimos para ser hombres de bien; nuestros caminos se han separado pero no alejado lo suficiente; aún existen algunos fines de semana o celebraciones para juntarnos. Y aunque ya no tenemos el pantalón gris, la camisa blanca y esa chaqueta luciendo la misma insignia, mis recuerdos y mis sentimientos estarán siempre con todos ustedes.
Se que a pesar que muchos de los que lean este post no habrán vivido lo que les cuento o quizás historias parecidas, pero muchos sabrán también de que estoy hablando especialmente, mis queridos institutanos.